Chile - Diciembre  2009

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Los pueblos no yerran

por Alejandro de Vivar

Hace 20 años, los análisis posteriores a la ofensiva (que pretendía ser ‘final’) del FMLN contra el régimen salvadoreño sostenido por EE.UU., tendían a responsabilizar al Pueblo por la falta de éxito de ese intento. Desde ‘el pueblo no estuvo a la altura de las circunstancias’, pasando por algunos débiles ‘el pueblo traicionó al Partido’, hasta una explicación pretendidamente más científica: ‘el pueblo sólo se lanza a las armas cuando ve reales posibilidades de éxito’.

Por estos días, he leído comentarios que le asignan la misma capacidad al Pueblo: toma decisiones conscientes y, por tanto, siendo responsable de ellas. Así, por ejemplo, el Pueblo se equivocaría si llegara a votar a Piñera. En algún momento, hubo quien responsabilizara al pueblo estadounidense por haber votado a Bush frente a Kerry, haciéndose eco de la máxima atribuida a W. Churchil, en el sentido de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.

El Pueblo es la expresión del conjunto de organizaciones populares, léase juntas de vecinos, centros culturales, clubes deportivos, pasando por las organizaciones gremiales, llegando a asambleas comunales, con sus órganos de difusión: prensa y televisión locales y radios comunitarias.

En una sociedad democrática, esas organizaciones populares pueden desarrollar todo su potencial e incidir en el curso de la política local, regional o nacional. Para ello el Pueblo cuenta con sus instrumentos colegiados, que son los partidos políticos. En momentos de aguda confrontación de clases, uno o dos partidos, partidos ‘vanguardia’, representan los intereses de clase del pueblo, y conducen la lucha según estrategias y programas dimanados del Pueblo.

En una sociedad en la que prima la ‘democracia representativa’ altamente refinada, como la chilena, entonces el desarrollo de las organizaciones populares ocurre en un marco jurídico muy estrecho, destinado a atomizar el pueblo y sus expresiones, con el objetivo último de mantenerlo sometido. Así por ejemplo, las radios comunitarias son permitidas, pero bajo tal cantidad de condiciones que es prácticamente imposible que se conviertan en un instrumento popular.

Por su parte, los partidos que son, supuestamente, los instrumentos colegiados del pueblo para el ejercicio del poder, están tan enmarañados en el ‘juego democrático’, que no tienen tiempo ni capacidad para volver a sus orígenes y retroalimentarse del Pueblo, para conducirlo a una sociedad más justa y solidaria.

Claro está, también hay organizaciones políticas que pretenden ganarse esa conducción a través del mismo mecanismo de esta democracia representativa: elaborar una propuesta, ‘llegar al Pueblo’ con ella y, eventualmente, obtener su aprobación. ¿Qué indicaría que se cuenta con esa aprobación? Bueno pues, el voto, ¿no?

No precisamente. Hay experiencias en las que las organizaciones políticas fueron instrumentos del Pueblo, en distintas condiciones de confrontación. Los soviet en los primeros años de la Revolución Soviética, los CDR en distintos momentos de la Revolución Cubana, y aun el movimiento zapatista con su peculiar postura frente al poder político.

Contrariamente a esas experiencias, los Partidos al estilo Comintern, poseedores de la ‘Verdad’, seguirán entorpeciendo y confundiendo al Pueblo.

Es necesario concebir al Pueblo como una inteligencia colectiva, cuyo potencial se va a expresar en tanto pueda desarrollar sus organizaciones populares, más allá de cualquier identidad partidaria. Las propuestas partidarias sólo tienen sentido cuando el verdadero sujeto del cambio está en la plenitud de sus facultades y de su disposición al cambio. En un régimen de fascismo latente como el chileno, el primer deber de los partidos de izquierda es romper con el marco asfixiante de la expresión popular, liberar al Pueblo del yugo de esta falsa democracia, para entonces poder liderarlo por la senda de la construcción del socialismo.

(*) Portal Rodriguista