Escuela Libre
Rodrigo Rojas de Negri sigue vivo
por Arnaldo Pérez Guerra
Jóvenes
y pobladores han dado vida a la Escuela Libre Rodrigo Rojas
de Negri. Su sede es la plaza Orompello, en la comuna de
Estación Central, en Santiago. Se proponen “enfrentar las
necesidades y conflictos existentes en la población”, y han
comenzado trabajando con los niños y niñas de las
poblaciones La Palma y Javiera Carrera. Su trabajo se
compromete con la transformación social “de nuestros
espacios y vidas”. Preocupados del riesgo social a causa de
la droga, delincuencia y condiciones de marginalidad
-hacinamiento, empleos precarios, escasos espacios de
recreación y participación social-, la Escuela Libre propone
“recuperar los espacios públicos: plazas, calles y muros,
para el desarrollo cultural y social”. Quieren fortalecer
los lazos entre los vecinos generando valores de respeto y
solidaridad. Para eso desarrollan talleres de participación
voluntaria. Comenzaron el año pasado con hip hop,
graffiti y muralismo, malabarismo, batucada, zancos y
danza. A principios de mayo, inauguraron una nueva temporada
de talleres: batucada, malabarismo, stencil y
serigrafía y una biblioteca popular. Se reúnen los sábados
en la plaza Orompello, entre las calles Santa Teresa y La
Araucana, en la población Javiera Carrera. En el lanzamiento
de los talleres hubo “pinta caritas” y se contó con la
presencia del hiphopero Portavoz MC, el trovador
Paris Valenzuela y la editorial Quimantú.
En
2011 comenzaron la iniciativa de movilizar a vecinos y
vecinas del sector “con una propuesta comunitaria, de
política popular y de proyecciones revolucionarias en las
que la recuperación de los espacios territoriales para la
organización, para mirarnos horizontalmente como iguales,
para existir en y con el mundo siendo compañeros, fue
nuestra primera problemática a transformar para enfrentar
las condiciones precarias a las cuales las relaciones de
poder nos han sujeto. Así, desde un diagnóstico
participativo (desde un enfoque psicosocial) en que niños y
niñas de la población plantearon sus necesidades, sus
deseos, sueños y problemáticas, nacieron los talleres
libres”, explican en su
blog. Llevan el nombre de Rodrigo Rojas De Negri,
“por su curiosidad y energía en querer participar, conocer,
ser parte de la organización y lucha social librada por
nuestro pueblo contra la dictadura. Rodrigo tomó la cultura
como arma de lucha, capturando con su cámara fotográfica la
realidad de un Chile que se alzaba rebelde desde las
poblaciones, haciéndose gigante en las movilizaciones
nacionales. A la vez, concedía a la lucha callejera sus
convicciones, poniendo en riesgo su vida. Llevamos el nombre
de Rodrigo Rojas, no por reivindicaciones que mueren en la
palabra, sino porque vemos en él aquella unidad social
necesaria para enriquecer las ideas, acciones y luchas de
nuestro pueblo”, agregan.
Rodrigo
Rojas de Negri vivió exiliado junto a su familia en Canadá y
Estados Unidos, donde convivió con comunidades latinas.
Tocaba charango en un grupo musical; en marzo de 1986 volvió
a Chile con dos cámaras fotográficas. Quería publicar un
libro de fotos de la realidad chilena. Participó de las
actividades y movilizaciones de la Facultad de Medicina
Norte de la Universidad de Chile. El 1º de julio se reunió
con estudiantes de la Universidad de Santiago, en Estación
Central, participando de actividades recreativas para los
niños organizadas por pobladores y estudiantes. La madrugada
del 2 de julio, él y Carmen Gloria Quintana fueron detenidos
por una patrulla militar mientras trasladaban bencina para
una barricada. Les golpearon brutalmente, los rociaron con
el combustible y los quemaron vivos. El jefe de la patrulla
militar, el teniente Sergio Fernández Dittus, ordenó que
fueran cubiertos con frazadas y subidos a un vehículo
militar para lanzarlos en una acequia de Quilicura. El 6 de
julio, Rodrigo murió a causa de las quemaduras. Tenía 19
años.
TALLERES Y BIBLIOTECA POPULAR
Uno
de los monitores de la Escuela Libre Rodrigo Rojas de Negri,
dice: “Llevamos su nombre porque él murió acá, en Estación
Central. Era fotógrafo y activista político y trabajaba en
un comedor popular para niños. Queremos que ellos sean
activos sujetos culturales en su población. Creemos que son
la semilla y de alguna manera, el futuro”. Señala que los
niños son moldeados por la enseñanza tradicional, que
utiliza “métodos para adoctrinarlos de forma autoritaria.
Acá son libres, pueden participar en los talleres que
quieran, jugar y divertirse sanamente. Lo principal de todo
esto es que la gente finalmente se organice”, dice.
“Estación Central y la mayoría de sus poblaciones tienen una
historia política de resistencia. Hoy están funadas
por la droga, la delincuencia, que son inyectados desde
otras lógicas, que no son valores de la población. Los niños
no conocen otra cosa que lo que sale en la TV. Por eso
hacemos exposiciones de luchadores sociales
latinoamericanos, para que los pobladores recuperen la
memoria. Pero nuestro trabajo no tan politizado, sino más
social”, agrega.
Llevan un año y medio desarrollando su labor y la recepción de los vecinos y padres ha sido lenta. “Es un proceso que no queremos apurar. Hay una municipalidad muy fuerte, que se mete con proyectos que llaman ‘sociales’, y la gente ha perdido la capacidad de organizarse. Nosotros no nos vinculamos con la municipalidad o el gobierno, esto se hace sólo con autogestión y trabajo autónomo. Nos coordinamos con juntas de vecinos y compañeros que están en otros territorios haciendo trabajo social en poblaciones, talleres y bibliotecas. Inauguramos nuestra Biblioteca y pensamos contribuir a un intercambio de información entre los pobladores, que reencuentren espacios de diálogo a través de los libros y revistas. Quizás lo niños no pesquen mucho, pero sí los jóvenes y adultos. Es una biblioteca itinerante. La idea no es quedarnos acá pues queremos que en el futuro los propios niños y pobladores se hagan cargo de los talleres y la biblioteca”, agrega.
Oscar
hace el taller de malabares: “No vivo acá pero siento la
misma complicidad con los vecinos que en cualquier otro
lugar... Los niños vienen a un espacio donde son libres;
comparten libremente, cosa que no se da, por ejemplo, en el
colegio. Allí hay una relación de autoridad que los limita.
Acá, en cambio, hay una relación de amistad, compañerismo,
vecindad, que lo hace todo muy diferente. Este espacio no es
solo para niños, es de vecinos para vecinos. Nadie nos paga
ni formamos parte de ningún partido o credo religioso. Es mi
decisión compartir con los niños y vecinos, y resolver
problemas junto a ellos”, dice. Para Oscar el trabajo
físico, y cualquier destreza física, despierta una destreza
mental: "La recreación en los niños debe tener otra
motivación, que puede ser la autosuperación y presentarse
desafíos a través de cosas nuevas. La recepción de los niños
es muy buena. Ya tenemos un grupo de malabares y batucadas y
hacemos murgas por las calles. A los cabros les gusta
mostrarse, cumplir un rol, pasar por las casas y que vean
que están aprendiendo. Les levanta el ánimo y les da más
motivaciones para seguir aprendiendo. Descubren que hay
otros 'nortes'... En el sistema escolar ‘aprenden’ sentados.
Acá es en movimiento. Vemos logros más rápido. Aprender a
hacer malabares con pelotas o a subirse a zancos para los
niños es un logro que les cambia perspectivas, dicen ‘puedo
aprender’ y ‘puedo solo’. Somos pedagogos y esto es poner
nuestra herramienta de trabajo al servicio de los
pobladores. Hablamos de educación sin fin de lucro, que no
se pide, se ejerce”, dice.
En
La Palma y Javiera Carrera hay conflictos, además de la
droga y el alcoholismo. La violencia intrafamiliar, por ser
un barrio de inmigrantes, se mezcla con racismo y clasismo.
Algunos hacen la diferencia porque tienen un techo mejor o
porque son chilenos y no inmigrantes. “En los niños se marca
esa discriminación producto de la ignorancia de los adultos.
Los niños se gritan cosas como ‘vivís en la casa de cartón’
o ‘peruano conchetumare’. Una chiquilla tenía un taller de
danza y asistían niños peruanos. Algunos padres sacaron a
sus hijas ‘porque había peruanos’. Pero ese tipo de
conflicto para nosotros es una oportunidad. Acá hay muchos
peruanos, ecuatorianos y colombianos. Trabajamos con todos
los niños sin importar su origen. Cuando hay algún conflicto
entregamos contenidos, les hacemos ver los prejuicios que
repiten sin comprender. Cuando había peruanos ebrios en la
plaza y los niños les gritaban ‘salgan peruanos culiados’,
les hicimos ver que el problema no era que fueran peruanos
sino que estaban ebrios en medio de las actividades. Desde
estas pequeñas reflexiones vamos sacando lecciones. Les
preguntamos: ‘Por qué dices eso’, y nos responden: ‘No sé’.
Ahí entregamos nuestro mensaje”, agrega Oscar.
Buscan articular a las familias de pobladores en pos de intereses comunes. Participan unos 30 a 40 niños. No se los obliga. Ni siquiera es requisito una inscripción. Si durante el día quieren ir cambiándose de talleres pueden hacerlo. “Les trasmitimos que deben asumir compromisos de acuerdo a sus propios intereses. Aprenden caracterizaciones, pintarse la cara, hacer los trajes, los juguetes, clavas, pelotas, sus propios zancos... La idea es que ellos alimenten su juego; de ahí a ver si aprenden o no un malabar, no es mi objetivo; sí que se motiven, que quieran aprender y le pongan 'huevos'”, dice Oscar, quien lleva diez años haciendo talleres similares en poblaciones. “Ya es costumbre. Es mi rubro. No un hobby ni mi tiempo libre”, agrega.
RECUPERAR ESPACIOS Y AUTOGESTIONARLOS
Nicole
explica que los talleres buscan potenciar en los niños
habilidades y destrezas, “reforzando en ellos una identidad
positiva, pues el sistema educacional los estigmatiza y
marca sobre todo a los más inquietos. La disciplina escolar
les genera una imagen de sí mismos muy negativa. Acá van
aprendiendo trucos y pierden el miedo a andar en zancos y se
refuerzan de manera positiva. Se dan cuenta que son capaces
de lograr lo que quieren. Pueden no ser buenos para las
matemáticas o el lenguaje, pero descubren habilidades.
Buscamos que retomen su proceso de aprendizaje apropiándose
de él por medio del interés”, dice. A dos chicos del taller
de zancos los llamaron para animar cumpleaños y están muy
contentos. “Eso les da el mensaje que pueden gestionar sus
propios recursos por medio del arte... Este año incluimos un
taller de stencil y serigrafía y a los niños les
gustó. El año pasado tuvimos un taller de muralismo. Un
mural en la plaza fue hecho por nuestros niños y otro lo
hicieron niños del Sename de Rancagua, cuando hicimos una
actividad en conjunto. Nuestras puertas están abiertas para
incluir más talleres. Queremos hacer uno de fotografía
social, a propósito de que Rodrigo Rojas de Negri era
fotógrafo... Acá hay un vecino fotógrafo y nos ofreció su
apoyo. Por falta de recursos aún no lo hemos implementado”,
agrega.
Desde
un principio, a los niños les gustó la idea de participar y
hacer los talleres en la plaza y la cancha. Antes, no se
acercaban porque estaban los “curados, drogadictos y
delincuentes. Ese era el estigma del lugar. No venían los
abuelos con sus nietos ni los padres con sus hijos. La
cancha era un lugar hostil pues los partidos de futbol
terminaban con borrachos, peleas y botellas en el piso...
Ahora, los niños se han apropiado de la cancha y de la
plaza. La idea es que eso trascienda a vecinos y padres, que
los pobladores se empoderen, tomen sus decisiones y
gestionen sus recursos y cómo quieren vivir. Mucha gente
vive sometida, con una imagen negativa de sí: ‘ser pobre es
malo’, ‘soy culpable de ser pobre’, y un montón de
prejuicios que genera el mismo sistema y que los niños
aprenden en sus familias, escuelas o por la TV. Los niños
son un sujeto político muy potente, a diferencia de los
mayores que están más apagados. Tienen una chispa y rebeldía
y la libertad de cuestionarlo todo. Les van coartando esas
capacidades con la disciplina escolar, su capacidad de
pensar, de cuestionar y crear. Nuestra idea es sacarlos de
eso y potenciarlos. Que lo niños hayan transformado este
espacio ha repercutido en los demás vecinos”, agrega Nicole.
Francisco,
quien es parte de la biblioteca popular La Capucha, agrega:
“Pensamos que la capucha en un símbolo de lucha social. Y
nos pareció que era el nombre más adecuado para la
biblioteca, además, para que se entienda cuál es nuestro fin
y no quepa duda de qué se trata. La biblioteca nace hoy,
pero la idea la empezamos a armar desde marzo. Con la
biblioteca queremos llegar a otro tipo de gente, a quienes
se estén organizando o tengan intenciones de organizarse y
no sepan dónde existen espacios. Que se convierta en un
lugar de reflexión y conversación, dónde conocernos y saber
qué ideas tenemos. Vamos ya en 50 libros, pero necesitamos
más... Si alguien quiere donar libros o revistas nos puede
encontrar en Facebook, aunque la mejor forma es visitarnos
los sábados en la plaza Orompello”, dice.
Patricia Esparza, presidenta de la Junta de Vecinos Nº 23-1 San Gerardo, de la población Javiera Carrera -unidad vecinal que comprende los sectores Javiera Carrera, La Carrera y la Población Edwards- cuenta que en la población Javiera Carrera hay 365 casas. “Eso multiplíquelo por al menos cuatro personas”, dice. “En La Carrera hay 285 viviendas y en la Edwards 196, porque es un sector de fábricas... Hay muchas viviendas vacías, alcoholismo, drogadicción, allegados y jóvenes que no han terminado sus estudios. El trabajo que están haciendo estos jóvenes de la escuela libre es lo mejor que le ha pasado a nuestra unidad vecinal. Le enseñan cultura a los niños y jóvenes, luchan por su barrio, los niños aprenden a estudiar, aprenden pasacalles y batucadas, y ocupan espacios que estaban totalmente abandonados. Como junta de vecinos apoyamos el trabajo de los jóvenes de la escuela libre. Que se llame Rodrigo Rojas de Negri me parece excelente, pues representa a un joven luchador del pueblo, de los pobres, que quiso acabar con la dictadura que aún tenemos en este país. Acá en la población no había una biblioteca y estamos muy felices con la iniciativa. Invitamos a los vecinos a informarse de lo que se está haciendo y a cooperar y ayudar a estos jóvenes”.
(*) Historiador y Periodista.
