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Días de violencia se viven en
Wallmapu, el “País de los Mapuche”, allí donde el Estado chileno
se apresta a celebrar 200 años que no son tales. Y es que poco
más de un siglo han transcurrido desde que en una guerra no
declarada, Chile se apropió del territorio de una nación libre y
soberana en el Cono Sur del continente. Libre y soberana desde
mucho antes que Chile existiera como República, mucho antes
incluso de la Declaración de Independencia de los EE.UU y que
las primeras proclamas de emancipación colonial fueran
garabateadas en estas latitudes.
Historiadores y cronistas datan en
1641 el año en que los Mapuches obtienen de parte de la Corona
Española el reconocimiento de su libertad como pueblo. Ocurrió
en el Parlamento de Quilin, a orillas del río del mismo nombre,
a pocos kilómetros al norte de Temuco. No se trató de una
concesión. Los españoles, derrotados en cruenta guerra, firmaron
en Quilin los términos de una capitulación imperial. Así lo
asumió el propio monarca Felipe IV, quien ratificó con su firma
el Parlamento un 29 de abril de 1643.
Parte de esta historia fue la que recuperaron el pasado 14 de
Octubre los mapuches de la Comunidad Tripaiñan, del sector
Malpichawe de la comuna de Lautaro. Son quienes habitan en
nuestros días los llanos del río Quillén o “Quilin” en la
versión de los cronistas españoles. Decididos a refrescar la
memoria de muchos, cientos de comuneros arribaron a tempranas
horas hasta el sitio del histórico Parlamento. Allí, donde hace
casi cuatro siglos se reunieron los abuelos de sus abuelos,
quisieron rendir un homenaje a la historia. Y una bofetada de
dignidad a quienes, desde una visión estrecha e interesada de
interpretar el actual escenario de conflicto, se niegan a
reconocer los derechos históricos del Pueblo Mapuche.
Allí, entre allanamientos
policiales, detenciones nocturnas, apaleos a comuneros y baleo
indiscriminado a niños y niñas mapuches por parte de las
policías, los mapuches de Malpichawe emplazaron un monumento
conmemorativo y reafirmaron ante el mundo lo que fueron y lo que
son: hijos de una misma nación. No será el único hito
conmemorativo. En otras latitudes, comunidades mapuches han
anunciado ya la recuperación de otros sitios históricos. Uno de
ellos es Kuralaba, en Lumaco. Otro, Koz Koz, en las cercanías de
Panguipulli.
Lo que representan estos sitios históricos no son solo victorias
bélicas y epopeyas militares. Sobre todo, representan el triunfo
del diálogo, el poder de la diplomacia en la resolución de los
conflictos. Así lo destacaron los oradores mapuches presentes en
la ribera del río Quillén. Todos destacaron que lo acontecido en
dicho lugar en 1641, no era más que un ejemplo de que los
mapuche siempre han considerado el diálogo como la principal
opción para resolver los conflictos. “Nuestra historia señala
que el pueblo mapuche siempre ha privilegiado el diálogo. Esto
queda demostrado en los 30 parlamentos realizados en los últimos
500 años con los españoles primero y el Estado chileno después”,
señaló Claudia Novoa Cayupan.
Y es que lo acordado en Quilín no
fue cualquier tratado. Lejos de los “acuerdos” firmados de tanto
en tanto entre el gobierno y algunas comunidades, firmados con
la mano y borrados con el codo, Quilín representó un verdadero
Tratado Internacional. “En este Parlamento no solo se reconoció
la independencia mapuche. También se incorporó la defensa mutua
en caso de agresión por un tercer país o potencia extranjera.
Algo que en la actualidad vemos en el MERCOSUR, los mapuche ya
lo habían acordado con los españoles hace más de 300 años”,
subrayó Juan Ñanculef Huaiquinao, otro de los oradores en el
emotivo acto. Reconocimiento de independencia y soberanía
territorial, asistencia reciproca en caso de agresión exterior,
establecimiento de tasas para el intercambio comercial, fijación
de normas fronterizas y migratorias… tan lejos, tan cerca.
Una guerra no declarada
Mucho a cambiado la realidad mapuche en 300 años. Y lo decíamos
al comienzo, la violencia es el escenario que prima hoy en el
País Mapuche. Violencia que no es mapuche, sino propiciada por
un Estado, por un gobierno, por una elite política y económica
que se niega a reconocer la legitimidad de un reclamo histórico.
Violencia que el pasado 26 de octubre, terminó con seis mapuches
violentamente detenidos en el sector Yeupeco de Padre Las Casas.
Hasta allí arribaron decenas de efectivos policiales, armados
con escopetas, subametralladoras, carros de combate y
helicópteros, para apresar a los dirigentes Sergio Catrilaf,
Ignacio y José Tralcal, Sergio Huinca y Pedro Cheuque, todos
ellos miembros de comunidades mapuches del sector. La justicia
los sindica como responsables del ataque a un bus de pasajeros
en la Ruta 5, hecho sucedido el pasado 28 de Julio en las
cercanías de Temuco y reivindicado por la Coordinadora
Arauco-Malleco (CAM). Todos ellos niegan los cargos. Claman
justicia. Denuncian montajes en su contra. No hay caso. Todos y
cada uno serán días más tarde formalizados por Ley
Antiterrorista. Y recluidos en diversas mazmorras penales del
sur.
Igual
suerte correrá el joven universitario mapuche Claudio Sánchez
Blanco, arrestado el mismo día en las cercanías de un albergue
estudiantil de Temuco. A dicho recinto llegarían cerca de 40
efectivos policiales, quienes sin exhibir orden de allanamiento
irrumpieron en el establecimiento, incautando computadores,
notebooks y celulares de todos. Sánchez, alumno de último año de
la carrera de Pedagogía Intercultural en la Universidad
Católica, no se encontraba entonces en el recinto. Fue detenido
posteriormente cuando se dirigía a su trabajo, reducido en la
vía pública como si se tratara de un peligroso terrorista. El
Ministerio Público atribuye al ex dirigente estudiantil
vinculación con el atentado al bus de pasajeros. Entre sus
pertenencias –señala el fiscal Sergio Moya- se habría encontrado
un “original” del comunicado de la CAM atribuyéndose la acción.
De la presunción de inocencia ni hablar. Surrealismo puro.
Erica Catrilaf, hermana de uno de los cinco detenidos en Yeupeco,
denunciará más tarde que fueron más de 30 funcionarios
policiales los que ingresaron violentamente a los hogares de su
comunidad, golpeando y disparando contra lo que se moviera. De
ello daría testimonio Juan Catrilaf Nahuelpán, ingresado horas
más tarde de urgencia del Hospital Regional bajo el diagnóstico
de “herida de bala múltiple en su pierna derecha” y “fractura de
peroné”. Otras nueve personas también acudirían al centro
asistencial por presentar heridas de mediana gravedad causadas
por perdigones policiales. Nadie investigará, probablemente,
tales abusos. De ser denunciados, los mapuches saben recaerían
en la Justicia Militar, que en Chile –al igual que en Birmania,
Sri Lanka y otros regímenes dictatoriales del tercer y cuatro
mundo- hace las veces de juez y parte. De acusador y acusado.
Es tanta la desconfianza en la
justicia que, muchos comuneros, prefieren arriesgar la vida y ni
siquiera acercarse a un recinto asistencial tras ser apaleados.
O baleados. Tal es el caso del menor de edad Leonardo Quijón
Pereira, de 17 años, baleado por una patrulla de Carabineros en
las cercanías de Ercilla cuando cazaba conejos junto a un grupo
de amigos, ello en el sector de Lolenco la madrugada del 20 de
octubre. Temeroso de ser detenido en el hospital y vinculado por
los fiscales con atentados incendiarios ocurridos en la zona,
hasta el cierre de esta edición, Leonardo se debate entre la
vida y la muerte baleado en una pierna. Nadie sabe donde está.
Ni menos cuál es hoy su estado de salud. Rumores respecto de su
muerte inundaron la semana pasada los foros de Internet.
Incluso, llevaron a la CAM a renunciar a la nacionalidad chilena
y declarar una “guerra” al Estado chileno. Lo cierto es que no
estaba muerto. Nadie sabía a ciencia cierta de quién se trataba.
Fue su acongojada madre quien lo identificó, tras no regresar a
casa de su jornada de cacería, escuchar la noticia de un joven
baleado por la radio y exigirles a sus amigos las debidas
explicaciones.
No vinculado a ninguna organización
o comunidad movilizada por tierras, Leonardo simplemente cazaba.
No por deporte, claro está. Hijo de una humilde familia
campesina, en no pocas oportunidades de su puntería y la
efectividad de una vieja escopeta dependía el almuerzo o la cena
familiar. En eso estaba cuando –según testimonio de su madre- él
y su grupo de amigos se cruzó con una camioneta repleta de
civiles que circulaba por un camino vecinal. Sin identificarse
como funcionarios policiales, los sujetos los atacaron a
balazos. Los jóvenes intentaron repeler el ataque con sus viejas
escopetas y huyeron. En lo alto de una colina, en una de sus
piernas, Leonardo recibió el balazo. Allí, junto a la sangre que
perdió, quedaría tirada su vieja escopeta, su morral y parte de
los ropajes con los cuales alguien improvisó un torniquete. Todo
ello sería presentado más tarde como “evidencia” por parte del
Ministerio Público. Evidencia de un “terrorista”, según la
justicia. Evidencia de un nuevo atropello, según el sentido
común.
Niños en la mira policial
¿Puede
ser catalogado como democrático un Estado donde ciudadanos
indígenas se querellan contra la policía por violencia
innecesaria, torturas y vejación injusta? ¿Y todo ello contra un
menor de edad? Es la pregunta que se hace don José Painevilo,
esforzado campesino mapuche quien, acompañado por el abogado
Cristóbal Carmona, del Observatorio Ciudadano, acudió el pasado
22 de octubre hasta el Juzgado de Garantía de Temuco a
interponer dicha acción judicial. Lo hizo por su hijo. Y porque,
no pierde la esperanza, de que alguien pueda sentir como propio
el dolor de ser violentado como padre. Los hechos sucedieron el
pasado 5 de octubre, relata. Ese día su hijo F.P.M. (14 años)
salió temprano de casa, ubicada en la Comunidad José Jineo Ñanco,
del sector Rofúe, en dirección a la casa del Machi del lugar,
Fidel Tranamil.
Ambos se dirigieron entonces a un
pitrantu (humedal) ubicado en el sector limítrofe entre la
Comunidad José Jineo Ñanco y el Fundo Santa Lucía, a recolectar
hierbas medicinales necesarias para realizar un tratamiento
tradicional. En eso estaban cuando vieron a funcionarios de
Carabineros acercarse, efectuando disparos de escopeta mientras
perseguían a un grupo de jóvenes de las comunidades Francisco
Millanao, José Jineo Ñanco e Ignacio Filumil, los que
participaban de la ocupación del fundo vecino. Intentaron
esconderse, sin embargo, el menor fue visto por los efectivos
del GOPE, que arremetieron contra el disparando a quemarropa sus
escopetas antimotines. A tres kilómetros de distancia, cerca de
la Comunidad María Catrilao, en el sector denominado
Pichiloncoche, el menor fue capturado.
“Ya no podía más y me escondí dentro del Pitrantu, y un
carabineros del GOPE me apuntó con su escopeta y de nuevo me
insultó: “¡quédate ahí indio culiao!, ¡quédate ahí o te mato!”.
Yo no podía hacer nada y me entregué no más. Me dobló mi brazo
me tiró al suelo y me pegó varias patadas, me pegó en la cabeza
igual. Había un canal y me metieron dentro del canal y me
dijeron “¡ya hueón aquí te vai a mojar todo para que te enfermís!”,
puras cuestiones así me decían y me tiraron, me tuvieron harto
rato bajo el agua, hasta tragué agua, estaba toda cochina, la
cabeza igual todo mojado”, relataría el menor. Tras minutos de
terror, fue llevado hacia el helicóptero policial que lo
perseguía desde el aire y se habia posado en un potrero cercano.
Allí le amarraron las manos, lo golpearon y lo obligaron a subir
a la aeronave. Una vez en vuelo, botado en el piso con la cabeza
hacia el exterior y con las puertas del helicóptero abiertas,
los policías amenazaron con lanzarlo a tierra sino entregaba
nombres. “Me iban preguntando, me iban interrogando, que tenía
que dar nombres sino me iban a tirar para abajo. Y yo le decía
que: “no, que no le podía dar nada, porque no sabía nada” y más
me pegaban… Me dijeron: “indio culiao dime todos los nombres de
las personas que andaban ahí, o si no te querís morir, ¡te vamos
a tirar para abajo!”, me dijeron”, relató el menor.
No fue el final de su pesadilla. Una vez la aeronave policial
aterrizó dentro del fundo ocupado, le pusieron una capucha y
pasaron piedras. TVN grabó imágenes del momento, que han sido
adjuntadas por su padre y el abogado en la querella criminal.
Fue subido entonces a un carro policial y llevado a la Comisaría
de Vilcún, recinto donde nuevamente sería golpeado e insultado.
Trasladado a constatar lesiones al hospital del lugar, tanto el
doctor como la enfermera de turno minimizaron sus lesiones. Más
grave aún, saludaron los apremios ilegítimos que sufrió por
parte de Carabineros. “’Está bien no más que le hagan eso, para
que andai lesiando por ahí’, me dijeron. El doctor era flaco y
alto, medio moreno, el pelo bien cortito, tenía barba pero bien
cortita”, recordó el niño, aun impactado.
Su periplo continuó en la Comisaría
de Padre Las Casa, donde señala lo tuvieron tres horas encerrado
en un calabozo, sin que avisaran a su madre Vilma Maldonado
quién llegó al recinto preguntando por él, desesperada. Al
momento de su liberación, Carabineros solicitó –sin éxito- a sus
padres firmar un documento sin fecha. Allí se señalaba que el
menor estaba acusado de “usurpación de tierras”. Horas más
tarde, tanto en el Hospital de Maquehue como en el Regional de
Temuco se constataron las lesiones: impacto de perdigones en
brazos, piernas y espalda del menor. El oficial de Carabineros
que encabezó el operativo fue el Comisario Jorge Bravo, padre de
varios niños.
Huelga destacar que los casos de Leonardo y F.P.M. no
constituyen hechos aislados. Así lo denunció, en carta dirigida
a la Presidenta Michelle Bachelet, el Observatorio Ciudadano. La
entidad demandó de la primer mandataria una investigación
administrativa y que el gobierno se haga parte en las acciones
judiciales que se emprendan, con el propósito de evitar la
impunidad en que han quedado abusos policiales contra menores de
edad en las comunidades. Cuatro fueron los casos documentados e
informados por el Observatorio Ciudadano a Bachelet. Ellos han
afectado a niños y han incluido detenciones ilegales, torturas,
menores de edad heridos por perdigones e intoxicados a causa de
gases lacrimógenos, entre otras joyitas de la particular
democracia chilena.
“Se trata de hechos que resultan
claramente violatorios de derechos humanos reconocidos en el
ordenamiento jurídico nacional, incluyendo la Constitución
Política, y en diversos tratados internacionales ratificados por
el Estado de Chile, entre ellos la Convención para la
Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial, la
Convención contra la Tortura, la Convención de Derechos del Niño
de las Naciones Unidas, y el Convenio N° 169 de la OIT sobre
Pueblos Indígenas, y que por lo mismo comprometen la
responsabilidad del Gobierno que Usted dirige”, le informan a la
mandataria socialista.
A los casos ya citados, suman el de F.M.M. de 10 años de edad.
El viernes 2 de octubre, al interior de la Comunidad de
Temucuicui, F.M.M. fue herido con un balín de goma en la cabeza,
muy cerca del ojo, en momentos en que se encontraba buscando sus
animales. El disparo fue efectuado por carabineros, quienes se
encontraban realizando un operativo en la al interior de la
comunidad. Al pequeño se le diagnosticó una herida en la región
parietal, sin compromiso. Si bien estaba fuera de riesgo vital,
permaneció internado varios días en Hospital de Victoria. Otro
caso se registro el viernes 16 de octubre. Alrededor de las 2 de
la tarde, un fuerte contingente de carabineros y efectivos de
civil ingresaron a la Comunidad Temucuicui, en momentos en que
alrededor de 80 personas se reunían junto a funcionarios de
CONAF en la escuela del sector para suscribir acuerdos para la
contratación de comuneros en los programas de empleo.
Sin previo aviso, y sin mostrar
orden de allanamiento, los efectivos policiales que se
movilizaban en un bus, una tanqueta y alrededor de 10
camionetas, procedieron a disparar balines y gases lacrimógenos
hacia el recinto educacional. El operativo policial, que tuvo
una duración de aproximadamente 30 a 40 minutos, dejo alrededor
de doce heridos con balines de perdigones, entre ellos varios
niños, y a cerca de 30 personas con asfixia, como fue acreditado
por los propios funcionarios del organismo estatal. Horas más
tarde el subsecretario del Interior, Patricio Rosende, en
declaraciones a Radio Cooperativa negó todos los hechos. No solo
eso. También acusó a los propios mapuches de usar a los menores
como “escudos humanos” frente a las fuerzas policiales. Y todo
ello sin siquiera sonrojarse.
(*) Publicado en Punto Final
www.puntofinal.cl y
Azkintuwe www.azkintuwe.org
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