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¿Que
quieren los indigenas en Chile?
Por: Pedro Cayuqueo (Periodico Mapuche Azkintuwe,
especial para Argenpress)
(Fecha-publicación:08/02/2004)
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En
octubre, el día 26, murió en los canales australes una de las
últimas sobrevivientes del pueblo kawésqar. Era una anciana de
nombre Fresia y apellido Alessandri, en honor al ex presidente
chileno bajo cuyo mandato fue inscrita por sus padres en el
Registro Civil. Fresia tenía 80 años y una fulminante
neumonitis fue la causa de su muerte.
Viuda y madre de
un hijo, la mujer nació en 1923 en Puerto Edén, aunque siempre
vivió en Bahía Williams, a unos 140 kilómetros al noroeste de
la ciudad de Punta Arenas. Llegar a su vivienda era una
verdadera proeza. No había caminos y sólo era posible acceder
por vía marítima o a caballo.
Días antes de su
muerte, un joven médico acudió hasta su hogar para visitarla.
Tras recorrer varias horas a caballo, vio que permanecía grave
postrada en su cama. Por ello gestionó la evacuación en un
helicóptero de Carabineros, pero el fuerte viento reinante
impidió cualquier intento de rescate. Entonces se desplazó a
la zona un helicóptero de la Fuerza Aérea, pero ya era
demasiado tarde. Fresia ya había decidido iniciar aquel día un
largo viaje sin retorno por aquel inmenso territorio kawésqar
del que le hablaban cuando niña sus mayores.
Más allá de los
primeros contactos donde se conoció de su existencia, vestigios
culturales encontrados por exploradores proporcionan
antecedentes de que los kawésqar estarían presentes en la zona
austral de Chile desde hace unos 7.000 años A.C. Actualmente,
en todo ese vasto territorio no quedan vivos más de 20 kawésqar
puros. Colonialismo, asesinatos y epidemias acabaron con la
mayoría de ellos. Su descendencia entre hijos, nietos y
bisnietos, en tanto, no sobrepasa las 250 personas. Su lengua
casi no se practica y especialistas pronostican que pronto van a
desaparecer como colectividad. Muchos lo harán al igual que
Fresia: muertos víctimas de enfermedades curables o de tristeza
ante la ceguera de una sociedad que les niega el derecho a ser
aquello que durante siglos fueron sus abuelos y también los
abuelos de sus abuelos.
Mea culpa
Dos días después
de la muerte de Fresia Alessandri, la Comisión de Verdad Histórica
y Nuevo Trato de Pueblos Indígenas entregó en Santiago su
publicitado Informe al Presidente Ricardo Lagos. No se trató de
un documento cualquiera. En los hechos fue un verdadero y
sorpresivo mea culpa. Un reconocimiento a una historia que tanto
en el caso kawésqar, aymara o el propio mapuche, constituye más
bien una larga pesadilla de asesinatos, pillajes y renovadas
discriminaciones. El Informe, sin disimular la vergüenza de sus
redactores, se refiere a la mayoría de estos tristes episodios.
Lo hace directamente, llamando 'ocupación' a la ocupación y
'despojo' al despojo. 'Sabemos que hay una historia oficial,
pero no podemos seguir enseñando una versión simplista de
aquellos hechos en las escuelas', señaló el propio Lagos en su
discurso.
Sin embargo, y
para desgracia de los descendientes de Fresia, el mea culpa del
Estado no llegó más allá de lo testimonial. A lo más un
valorable ejercicio académico, por cuanto el grueso de sus
recomendaciones políticas no constituyen sino más bien analgésicos
de una misma receta llamada integración. Es así como las
viejas promesas de ratificar el Convenio 169 de la OIT e
impulsar un reconocimiento constitucional figuran en los
primeros lugares de la tabla. Le siguen la elección de
representantes 'indígenas' al parlamento; la educación
intercultural autogestionada y un largo etcétera de
reconocimientos menores que no vienen al caso a estas alturas
mencionar. Nada se habla del derecho a la autodeterminación, es
decir, del derecho de nuestros pueblos de gobernar y gobernarse.
Ese es un tema prohibido. Un tema de seguridad nacional, propio
de estrategas militares y no de comisiones de notables, como lo
insinuó sin descaro el propio general Juan Emilio Cheyre.
Nada más que 'etnoturismo'
Cuentan quienes
conocieron a Fresia que ella nunca quiso aprender a hablar bien
el español. Se conformó con saber lo justo y necesario para
darse a entender. Refugiada en su cabaña a orillas del seno
Skyring, siempre se identificó como kawésqar ante quienes
arriesgaron el pellejo para poder visitarla en aquella selva
impenetrable. Con lágrimas dicen que recordaba a sus
antepasados, 'los tiempos de los antiguos' y la posterior
llegada de los colonos armados de pólvora y racismo a los
confines de la Patagonia.
Sin embargo, sus
hijos y los hijos de sus hijos tendrían a partir de hoy la
oportunidad de un futuro mejor y un trato distinto. Con
esfuerzo, los niños podrán recrear su desaparecida lengua
interpretando orgullosas estrofas del himno nacional. Con
dedicación, los jóvenes podrán retomar su extraviada navegación
por los canales ofreciendo a los visitantes exclusivos paquetes
de etnoturismo. Con perseverancia, puede que incluso más de
alguno llegue a ser en el futuro diputado o senador de la República.
Pensiones y subsidios impulsarán el desarrollo de los más
capaces. Fiscales y carabineros harán lo suyo por el resto. En
el mundo de fantasía del neoindigenismo de Estado, la
supervivencia de los 'kawésqar' se encontraría de esta forma
resguardada. Es el nuevo trato 2003. Aquel que Fresia
Alessandri, quizás por fortuna, nunca tuvo la desgracia de
llegar a conocer.
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